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La sirena con pena en el alma,
vuelve a cantar a las estrellas,
con su cola plateada,
que hace honor a ellas.
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No me alejéis así de él...,
darnos una oportunidad,
para poder de nuestro amor
disfrutar,
en las arenas cálidas o en su
dulce hogar.
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No quiero seguir en el mar,
quiero poder regar el corazón de
mi amor,
cuajarlo de dorada miel y poder
derramar
doradas lágrimas de tanto que le llegó querer.
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La Estrella hace oídos sordos,
no quiere escuchar su cantar,
un trato se a pactado,
nada ni nadie, lo cambiará.
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El Príncipe sueña con su amor,
con amarla y besarla,
con abrazarla y mirarla,
entre sueños la puede ver,
resplandeciente y bella,
en su palacio junto a él.
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Él se asoma a la ventana,
mira a los cielos,
con su corazón apenado,
pide un deseo.
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Poder disfrutar del amor,
que en viva persona,
allí encontró.
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La Luna mira a la Estrella,
le pide su compasión,
que ceda a los corazones,
que ella misma unió.
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La Estrella se niega a oír sus oídos regalar,
por los cánticos dulces de la sirena.
Se niega una vez más, a las suplicas de la pareja,
que ni Luna ni Sol harán cambiar su opinión.
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Así pasa el tiempo,
y el amor en noches...,
va creciendo.
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La pareja cada noche
salen a su encuentro,
amándose entre olas,
o en las cálidas arenas,
mientras la brisa,
acaricia la pena.
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Amada mía,
que daría yo por ti,
por llevarte a mi reino,
o por marchar junto a ti.
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A tu mundo o castillo,
ese que dices de coral,
pero entraña un gran misterio,
nunca me dijiste donde está.
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Ella con mirada apagada,
ruega a su Príncipe.
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No me hagas hablar
sabes que más..,
no te puedo contar.
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